domingo, 24 de julio de 2011

Ponencia presentada en el X Encuentro de Investigadores de la Literatura Venezolana y Latinoamericana denominado Anormales


Claroscuros de vida en Paleografías de Victoria de Stefano
Libertad León González

El que la inteligencia pueda, con una materia tan limitada como el claroscuro y color,
por una función tan sencilla como es la atribución de una causa al efecto, con
ayuda de la forma intuitiva del espacio, forjar un mundo visible tan rico y variado,
consiste en la ayuda que la sensibilidad le proporciona.
Schopenhauer
“Siempre que pintas un cuadro grande, estás dentro de él. No es algo que tu gobiernes”
Mark Rothko
( en Paleografías, p.116)

   La célebre frase de Goya “Los sueños de la razón engendran monstruos”, me permite   dar inicio al señalar el tono decadente que muestra el discurso del personaje Augusto en la última novela de Victoria de Stefano, Paleografías (2010). La sola denominación del texto no sugiere, quizá, el significado. Paleografías, derivada de las palabras griegas uaxaia, antigua, y Tpa, escritura, designa la ciencia de la escritura antigua. Sería, en todo caso, el subtítulo: (Trazos oscuros sobre líneas borrosas), el que mejor sugiere este juego de matices sobre la vida del personaje. La novela fluye desde un tono narrativo de claroscuros que nos recuerdan la intensidad del tenebrismo de Caravaggio, la narradora nos revela la vida de un pintor decadente, la historia de Augusto que avanza desde un conjunto de tonos de luces y sombras.
  De nuevo Stefano fija la continuidad de su propuesta estética narrativa, profundizar sobre la vida, decantar el significado de la existencia en situaciones extremas desde la historia de sus personajes. De la misma manera se produce este planteamiento, de estados inaplazables, por ejemplo, en Historias de las marcha a pie (1997) y Pedir demasiado (2004), relatos que construyen una filosofía de la vida. Los personajes  confrontan  y se reconcilian con la muerte. Vida y  muerte se presentan como pathos, como estados inaplazables. Nos hacemos presa de sus fulgores y, al mismo tiempo, de su funesto despertar, repetible hasta la tan recordada expresión de Montaigne “es el morir lo que me aterra”. En Paleografías la vida se siente desde el padecimiento, una forma de muerte.
  La vida de Augusto ha llegado a un punto extremo de angustia y hastío. Su vida  se ha convertido en un cuadro de tonos grises y oscuros. La pasión por la pintura que había tenido en sus mejores años queda suspendida en el pasado. Adquiere conciencia de su fracaso, de su situación límite. Se siente enfermo de mente y espíritu. “ya iba siendo hora de asumirse como el enfermo que era, y en tanto tal, necesitado de ayuda, urgido de cuidados.” 1. La enfermedad y la vejez amilanan su condición humana. Y en este sentido, la novela de Stefano plantea el fracaso en la vida de Augusto, “la noche del no-saber”, tal y como lo denominó Jaspers.
   En los seres humanos la vida se complejiza cuando aparecen las manifestaciones del desgaste que el tiempo cobra. La existencia de Augusto entra en decadencia y se llena de matices para buscar una salida a sus padecimientos. El personaje se siente atrapado, la labilidad se ha apoderado de su humanidad. El relato plantea un doble discurso desde la interioridad del personaje Augusto, asido en el mundo del insomnio y las pesadillas, en el sin sentido hacia la vida. Por eso, a pesar de sentirse a los 58 años, viejo y enfermo, asume progresivas actitudes que le permitan confrontar su mundo interior atormentado. La primera será buscar ayuda médica. El Doctor Abrantes le revelará que su mal es la depresión. Se plantea la necesidad de escapar de su enfermedad a través de la realización de un viaje, propuesto por el mismo médico. El viaje como vía hacia la luz, como avance y reconducción de su destino.
   La segunda posibilidad lo constituye su refugio en la memoria, entre los recuerdos busca la vida placentera que  una vez tuvo, esta insistencia de volver a sus estados de un pasado mejor la percibimos como un acto de reescritura de sí mismo:
“ A través de las espesas, y no siempre penetrables humaredas del recuerdo, me abrí paso hacia la mas bien honesta y formal Judith que estimulaba mis ardores de adolescente, su boca ancha, su nariz pequeña, algo respingona, la expresión tranquila de sus ojos castaños. A contraluz, como dibujada en la ventana, recompuse las tentadoras redondeces de mi enlutada y menos licenciosa viuda” (Stefano, p.65 y 66).
   Desde esta descripción que mimetiza los colores del pasado evocado  se da apertura a una de las salidas. Dos actitudes, el viaje y la evocación de los sueños donde el personaje se propone alcanzar su autonomía, en un sentido husserliano del término,  busca “la idea de darse (con decisión voluntaria) coherencia o dar unidad sintética al conjunto de la vida personal” donde “el criterio de verdad se mide por el grado de libertad” (Husserl, 1992:23-24) es decir, desprenderse de esa vida de abandono, a pesar de las circunstancias internas. Augusto consciente de sus limitaciones emprende la tarea de salir de la sima en que ha sumergido su vida. Percibo la noción de anormalidad  siguiendo al psicoanálisis en las “contradicciones entre su pensamiento consciente y el querer ser inconsciente” (Gadamer, 2001:99) tal y como lo señala la noción de fragmentación de la conciencia subjetiva. Contradictoriamente,  surge en Augusto “la claridad de un compromiso existensivo” (Gadamer,2001:108), si consideramos la visión existencialista de Jaspers, o “como dijo Kierkegaard, la fe es el mismo ser” (Verneaux, 1991:229). Busca  recuperar el sentido de la existencia, tal y como lo ilustra la narradora, deshacerse de “su hidra de nueve cabezas atada a la garganta” (Stefano, p.17), de la “imposibilidad de dormir, imposibilidad de vivir, estando vivo y despierto” (Stefano, p.28). Vivirá una etapa de transición y recordará las reflexiones a las que llegó con su amigo Antonio el Granadino leyendo a Schopenhauer, buscará de nuevo el sentido a la vida, a través del “axioma práctico: subsistir para vivir lo que habrá de venir después”(Stefano, p.112).
   Paralelamente, como telón de fondo, la novela avanza bajo la refracción de imágenes que el mismo personaje evoca: su  estadía en Múnich, Basilea, Berna, Paris, Londres; la referencia a obras de grandes pintores universales (Kandinsky, Klee, Giacometti, Picasso, Goya, Courbet, Michelena, Reveron, Boggio, Latour, Renoir, Degas, Miró), de sus largas caminatas y tertulias sobre pintura  con su amigo granadino, Antonio Alifante, en la enumeración de grandes espacios geográficos como aquéllos que recorre por Brasil el personaje Lisandro, amigo de Augusto, en busca de su padre para desistir en su afán  y terminar en brazos de la paraguaya Serafina; la mención de obras inmortales de compositores clásicos ( Mozart, Beethoven, Liszt, Mendelssoh-Barttholdy, Brahms). De tragedias inmortales como el Hamlet de Shakespeare, libro de cabecera de Augusto, de novelas románticas como Noches de octubre de Gérard de Nerval. De grandes mitos del cine norteamericano como Rita Hayworth en el papel de Gilda. Muestras de la brillante erudición de una narradora capaz de señalar, también, en las experiencias de Augusto, la magia del tiempo vivido, en contraste con el carácter sombrío y abatido del personaje. La vida de Augusto se percibe en diferentes dimensiones, variadas tonalidades a partir de cada referencia hecha. Paleografías son trazos de vida recuperados en el recuerdo, momentos que han quedado grabados en la memoria de Augusto. Por eso, tras las imágenes del sueño Augusto rescata su prolífica producción de pintor, deteniéndose en cada uno de los objetos que le sirvieron de herramienta a su oficio: “En atropellada sucesión pasaron detrás de sus párpados las cartulinas de bordes gastados, los últimos bocetos, los apuntes guardados en sus cajones. Los aceites, los barnices, los ácidos disolventes, las resinas, los tubos de pintura al óleo…” (Stefano, p.138). Y de esta forma, in extenso, la enumeración abarca cada objeto significativo, grabado en la memoria con precisión porque estaban muy bien guardados como línea de vida que destaca  la época de su producción artística. La mayor cercanía que tiene el relato al prodigio de la pintura es la vinculación innata de la realidad con reminiscencias de un conocimiento bien cultivado de los grandes maestros de la pintura y que se hacen presentes en el imaginario de Augusto, de forma constante, complementando su realidad circundante:
“Sólo faltan las guacamayas, pensó Augusto, y enseguida lo ocupó el recuerdo de los monos, madre e  hijo encadenados en lo alto de una torre en el lienzo fechado y firmado por Brueghel el Viejo; del mono reptando cabeza abajo en el cuadro de Bacón, y, por último,, del mono apenas configurado tras el hombro de una figura, mujer u hombre, soplando una vela en el límite de la oscuridad, del Greco.” (Stefano, p.122).

  
  Este tono de enlace entre realidad, ensoñación, imaginación y pesadilla; de lo real atrapado en la voluptuosidad de los mejores y trágicos recuerdos de grandes artistas, se constituye en una invitación exquisita a recorrer la inmortalidad de los grandes pintores de todos las épocas, algunos como Claude Henri de Saint-Simon, Edouard Manet, Antoine-Jean Gros, Van Gogh, Casagemas, Arshile Gorky, Adolfo Couve Rioseco, entre otros; recordados por haber tomado el suicidio como colofón de sus vidas prolíficas en el arte y desdichadas en lo existencial. Pudiéramos afirmar que el personaje desarrolla un vacilante y progresivo ascenso. La novela, sin embargo, invita al disfrute de la vida,  en el mejor sentido hedonista racional, invita a la sensualidad que proviene del conocimiento artístico.
   Como punto culminante de este ascenso del personaje, aparece el encuentro con “la viajera nocturna”, Gina, la mujer que conoce en su estadía en la playa y con quien coincide en no llevar una vida que la satisfaga; compartirán sus miedos, desde el gusto por la lectura de las tragedias, como la famosa de Ibsen: Cuando despertemos los muertos, escogida por Gina como libro de compañía para  su viaje. Compartirán el espacio de retiro para reflexionar sobre el vacío de sus vidas, compartirán, la naturaleza turbulenta en medio de la playa, que los distancia del pasado en sus vidas, de sus fracasos; compartirán, en definitiva, el paréntesis temporal que les prolonga la sensualidad como amantes.
  Los estados de ansiedad en Augusto desapareen a la par de sus pesadillas. Ahora la imagen de Gina colma su existencia: “La había invocado y convocado durante la vigilia y el sueño, la había visto y vuelto a ver, la había ensoñado de una manera tan próxima, tan real, tan estrecha, tal era su ansia de tenerla cerca, que casi rozaba la ingravidez de lo fantástico” (Stefano, p.177)
   El relato termina sin dar mayor relevancia a la inminente separación de Augusto  y Gina, ambos volverán a sus cotidianidades, conscientes, sobre todo, Gina, de la separación que les aguarda. Conscientes en que el breve episodio que les devolvió la significación a sus vidas, no trascenderá y así la conciencia existencial de los personajes de la historia se diluye en la descripción del temporal que había constituido la causa de la obstrucción de los caminos que devolverían a los viajeros hospedados en ese hotel de la playa, a sus respectivos destinos. Tal y como suele ocurrir en los sueños, o en los trazos de una pintura, el encuentro de Augusto y Gina, sería en sus vidas algo más que una ilusión, “tal cual como el arte sostiene y posibilita la expresión sensible e inestable del trazo del pintor en la dicción de la apariencia”2. ¿Volverían a la certeza de sus anteriores amores perdidos? “la pesadilla es la realidad” (Stefano, p.233).


Referencias:
1) Victoria de Stefano (2010). Paleografías. Caracas. Alfaguara.p.20
   Todas las referencias sobre la novela corresponden a la misma edición.

2) Valentina Shuze citada por Lole Ferrada Sullivan “El maestro Adolfo Couve Rioseco” en www.labellezasensible.blogspot.com.

Bibliografía:
De Stefano (2010). Paleografías. Caracas. Alfaguara.
Gadamer, H.G: “Los fundamentos filosóficos del siglo XX” en La secularización de la filosofía (2001).Barcelona. Gedisa.
Husserl, Edmund (1992). Invitación a la Fenomenología. Barcelona. Paidós.

Verneaux, R. (1991). Historia de la filosofía contemporánea. Barcelona. Herder.      


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